Traducir con gafas violetas

Laura Solana

LAURA SOLANA

Una de las características más representativas de Asetrad es su heterogeneidad. En la Asociación participan profesionales de distintos países, con trayectorias diversas y diferentes niveles de experiencia, que están presentes en nuestras vidas mucho más de lo que a veces pensamos. Además, es un colectivo en el que la mujer tiene una presencia notable, tanto es así que el 73 % de los afiliados son mujeres.

¿Qué es ASETRAD? Presénteme la Asociación.

Asetrad es la Asociación Española de Traductores Correctores e Intérpretes. Se fundó en 2003 para impulsar el reconocimiento de quienes ejercen la traducción, la corrección y la interpretación y cuenta ya con más de 1 500 socios.

Traductores, correctores e intérpretes. Es un campo muy amplio. Seguro que hay facetas de su actividad que desconocemos…

Sí, de hecho, es parte de lo que precisamente caracteriza a Asetrad. La heterogeneidad de nuestros socios, socias y “socies”. En la asociación contamos con profesionales que viven en distintos países y que tienen trayectorias muy diversas y diferentes niveles de experiencia.
Es cierto que la labor de traductores, correctores e intérpretes sigue siendo desconocida. Quizá la de los intérpretes de conferencias tradicionalmente ha podido ser la que menos; pero hay mucha interpretación más allá de la institucional y de las conferencias, ahí queda todavía mucho trabajo por hacer. También es cierto que a lo largo de los años se ha avanzado en este aspecto. Ya no somos tan, tan desconocidos como quizá sí éramos antes. La profesionalización de nuestros oficios, el camino recorrido por las asociaciones y la proliferación de facultades de traducción e interpretación, no solo en España sino a nivel mundial, han contribuido a mejorar la situación.
Yo diría que ya no es tan frecuente encontrarte con gente que no tiene ni pajolera idea de lo que es un traductor o un intérprete, pero sigue siendo habitual toparse con desprecio por la profesión o con ideas equivocadas de lo que hacemos. Te pongo algunos ejemplos: pensar que traducimos solo libros, cuando hay muchísima traducción además de la editorial; creer que somos los traductores los encargados de traducir los títulos de las películas y no las productoras; pensar que estamos desfasados porque ya existe Google Translate o el corrector de Word; que nuestra labor no es genuina, puesto que con un diccionario bilingüe cualquiera coge y se pone en un ratito; creer que todos hablamos 14 lenguas o que un traductor o un intérprete son malos profesionales por no saberse al instante una palabra en las lenguas con las que trabaja; ignorar que gran parte de nuestro trabajo lo ocupan la documentación o el manejo de las herramientas informáticas; tener la idea preconcebida de que traducir o corregir un texto es algo que se hace en cinco minutillos de nada; considerar que una interpretación no implica horas, días de preparación previa, estudio a conciencia de la materia, de un glosario bien estudiado, etc.; creer que traducir es intercambiar palabras en un idioma por palabras en otro y no trasladar sentidos, ideas, emociones; tomarse la libertad de imponerle tarifas a un profesional liberal o dar por hecho que tiene que ofrecer una prueba gratis como muestra de su trabajo, en lugar de mostrar respeto y aceptar el precio que ese profesional liberal considera que vale su trabajo… La lista es larga.

¿Son ustedes los grandes olvidados? Me refiero a que cuando leemos un libro de un autor extranjero, por ejemplo, olvidamos lo importante que es el trabajo del traductor que ha hecho posible que disfrutemos con él.

No somos los únicos olvidados, pero sí estamos en la lista de los menos estelares o reconocidos. Esto está cambiando gracias a editoriales que, por ejemplo, cuidan que la traducción de los títulos que sacan esté trabajada por un profesional y no el primo que se fue seis meses a Londres o un aficionado, que mencionan al traductor en la portada, que trabajan con nuestro gremio contrato mediante, que pagan al traductor la tarifa que el traductor establece, sin regatear como en el mercadillo, que nombran al traductor y al corrector cuando sus títulos consiguen premios, hitos, reconocimiento público, etc.

Han estado presentes en la Feria del Libro de Madrid. ¿Con qué objetivo?

Nuestro objetivo es de corte pedagógico. Queríamos darnos a conocer. Estar en la calle. La idea era visibilizar nuestras profesiones. Hacer ver que los profesionales de la traducción, la corrección y la interpretación somos eslabones imprescindibles en cualquier ejercicio comunicativo multilingüe. En este foro editorial concretamente buscábamos reforzar nuestra presencia ante instituciones y editoriales para ganar peso en el tablero de la industria y, a la larga, posicionar nuestras reivindicaciones de condiciones de trabajo dignas con una voz fuerte. También hacer pedagogía con el ciudadano de a pie sobre qué son y qué hacen los traductores y los correctores.

Se han presentado bajo el lema “Puentes entre lenguas”, ¿qué significado tiene?

Queríamos presentar una campaña que no solo se centrase en el ámbito editorial y que nos englobase a todos los profesionales que formamos Asetrad, correctores, traductores e intérpretes de muchas especialidades diferentes. Esto es complicado porque, aunque nuestros gremios están relacionados cada uno tiene su idiosincrasia, sus problemas, sus batallas. La campaña narrarnos como profesionales expertos y modernos, pero siempre atentos al saber hacer, al cuidado, a ese mimo que ya no se presta a casi nada en una sociedad instantánea y muy líquida.
La imagen de los puentes, de que conectamos mundos, culturas, idiomas, lenguajes de especialidad, es además muy versátil y refleja muy bien lo que hacemos. Me parece que es una imagen que transmite muy bien la idea de que ayudamos a construir y trasladar mensajes. A mí me gusta mucho el paralelismo que con esta campaña podemos hacer con la arquitectura, la construcción, la ingeniería. Creo que nosotros vivimos en la dicotomía de la vocación y el ideal de nuestro oficio, y la realidad de lo que implica ganarse el sustento y que quien contrata nuestros servicios comprenda el valor añadido que aportamos.

Dentro de las actividades que han programado está el encuentro “Traducir con gafas violetas”. ¿Qué tienen que ver feminismo y traducción?

Tienen que ver lo mismo que tiene que ver el feminismo con todos los aspectos de la vida… En una profesión tan feminizada, se ven mucho mejor los problemas de visibilidad. En general los traductores reciben más premios, llegan a puestos más altos en las agencias, están más presentes en congresos y mesas redondas, acceden más a la docencia que las traductoras, lo que resulta mucho más llamativo precisamente por el bajísimo porcentaje de traductores. No obstante, la situación está cambiando muy deprisa. Si miramos los porcentajes de Premios Nacionales de Traducción desde la creación del premio, la mayoría de premiados es abrumadoramente masculina. En cambio, si tomamos los últimos años, la situación cambia de forma radical. Desde Asetrad hacemos muchos esfuerzos por equilibrar en nuestros actos, ciclos de formación y mesas redondas la situación, no tanto con cuotas, sino más bien, haciendo el esfuerzo necesario de… ponernos las gafas violetas.

El 73 % de los afiliados a la asociación son mujeres y supongo que habrán tenido que trabajar con exigencias de lenguaje inclusivo. Como experta en lenguaje ¿qué opinión le merece el que en muchas ocasiones el lenguaje inclusivo se reduzca a duplicar géneros saltándose las normas gramaticales?

No me merece ninguna opinión en blanco o negro. Las normas gramaticales no son estáticas y no son un ente omnipotente. Las normas gramaticales las consensua y las decide alguien conforme a unos cánones establecidos. ¿Quién? ¿Por qué? ¿Cómo? Ya sé que la pregunta no es sobre quién tiene la legitimidad para decidir lo que está bien o no con la lengua. ¿Hay bien y mal en la lengua, de hecho? La lengua es de los hablantes, la hacemos los hablantes. La lengua evoluciona y se transforma. Eso no es malo. Al contrario. No contemplo un universo en el que eso no sea así. ¿Hablamos acaso igual que se expresaban en el Siglo de Oro? Imagínate el panorama (risas).
Yo entiendo que aplicar un lenguaje más inclusivo (con las mujeres, con las personas no binarias, etc.) y más accesible haya a quien le resulte ajeno al principio, le cueste. A mí la primera. Una ha hecho las cosas de una manera concreta durante mucho tiempo y es difícil cambiar algunas costumbres, pero no entiendo la resistencia. Resistencia rancia, recalcitrante, cabezota a veces incluso. O la hostilidad en un debate que todavía se está fraguando, que está vivo. ¿Es de verdad necesario que todo, hasta esto, alcance unas temperaturas tan polarizadas? ¿Por qué no voy a procurar evitar el uso de un lenguaje excluyente si hay a quien le excluye? Veo muy loco que alguien, a sabiendas de que con el uso que hace del lenguaje, excluye a una parte de la población, se empecine en seguir en sus trece. ¿Qué me cuesta a mí ejercitar un poco una comunicación más inclusiva si con ello mis palabras llegan más lejos, incluyen a más? Una parte de mí tampoco ve nada de malo en quien decide que quiere seguir haciendo las cosas como las hizo toda la vida (siempre y cuando por el camino no ofenda al interlocutor con el que se tope, claro, y me conceda a mí la prerrogativa de poder hacer uso del lenguaje de la manera más inclusiva que a mí me pueda parecer). Con ello no voy a tildarle de nada, ni prejuzgar. Que parece que todo tiene que vivir en clave de “estás conmigo o estás contra mí”. En fin, ya te digo que a mí me cuesta. Me cuesta cambiar el hábito. Pero, por otro lado, en todo este debate me resulta hiperenriquecedor ir tomando conciencia de usos, expresiones, palabras, giros que van cargados de contenido, de tradición heteropatriarcal y en los que no había reparado. En general, toda esta revolución social y lingüística a mí me obliga a tomar conciencia y revisarme. Eso me gusta. Me extraña que haya a quien no. Igual es que a veces no nos gusta lo que nos devuelve el espejo. Y soy consciente de que mis conclusiones podrán resultar simplistas, porque el debate es complejo, pero hasta aquí llego (risas).
También te digo que otra cosa es lo que yo tenga que hacer y las normas lingüísticas o de estilo a las que yo me tenga que atener como profesional en función de cada encargo. Corregir, traducir e interpretar no es blanco o negro. Yo como profesional me debo al mensaje original, a la fidelidad a la hora de transmitir ideas, al contexto, al destinatario, a quien ha solicitado el servicio X y cómo o para qué lo ha solicitado.

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